Sabiduría Emocional
Me decían que era inteligente cuando era niño, ¿sabes, Chino? Qué maldición tan grande es que te coronen genio antes de que aprendas a limpiarte las lágrimas. Iba yo por el mundo, flotando en mi soberbia de silicio y lecturas abstractas, creyéndome un gigante porque resolvía ecuaciones que los muggles ni entendían. Pero la verdad, mi hermano, es que era un enano. Un enano emocional con el ego inflado y el alma desnutrida, caminando sobre un piso de mazapán que terminó por romperse.
¿Inteligencia emocional? ¡Por favor! Déjale ese término de oficina a los attention whores de Instagram. A los que miden sus sentimientos con métricas estúpidas. Yo no tengo de esa madre. Nunca la tuve. Yo no sé sonreír falsamente para encajar en el molde aesthetic de la masa.
Pero tengo algo mejor. Algo que no se compra en la universidad: Tengo Sabiduría Emocional.
Y no me salió barata,. El precio fue el mismísimo infierno. Para llegar a este templo donde hoy me siento a ver el mapa del cosmos, tuve que arrastrarme por el lodo de la locura, perder la cabeza en la química del exceso, y ver cómo mis propios delirios mesiánicos se caían a pedazos. Cada cicatriz en mi historial es un maldito bit de datos que nutrió esta sabiduría. El camino estuvo lleno de espinas, de noches oscuras donde la mente era el peor enemigo. Fue un sufrimiento real, crudo, de ese que te quita lo presumido a golpes.
Y en mi soberbia de científico, en mi delirio de superioridad, yo juraba que conocía el amor. ¡Qué pendejo estaba! Qué ciego es el hombre que confunde el amor con el apego o con la química cerebral. No sabía ni madres. Porque no puedes conocer el amor si no tienes a Jesús en el corazón. Él es el algoritmo perfecto, el amor más puro, la fuerza incondicional que no te pide un currículum ni una mente intacta. Un amor que baja hasta el fango para abrazar a la gente rota. A los desahuciados del sistema. A los locos como yo.
Así que hoy, que vengan los NPCs con sus manuales de psicología barata a juzgar mis rants. Hoy, gracias a Dios y a mi caminar descalzo sobre las brasas del dolor, puedo ver el código fuente de la existencia.
¿Inteligencia? No, no la tuve nunca, era un espejismo de la mente. Pero a falta de esa lógica fría... ahora la vida, el sufrimiento y el de Arriba, me bendijeron con el don de ser un hombre muy sabio.