La fecha
El departamento en Ciudad Victoria era un horno, pero el Chino Nava estaba temblando. Llevaba días atrapado en la licuadora: la pesadez aplastante de la depresión arrastrándolo al piso, mezclada con el zumbido eléctrico y desesperante de la manía. Ya no había pensamientos filosóficos ni discursos contra los NPCs; solo un cansancio crudo y una urgencia enfermiza por apagar el switch de una vez por todas.
Agarró la botella de raticida industrial que llevaba meses debajo del fregadero. Ni siquiera lo pensó como un acto solemne. La destapó, cerró los ojos y se empinó un trago generoso. Sabía a metal oxidado, a químico rancio y a bilis. Tosió, limpiándose la boca con el dorso de la mano, y se sentó en el sofá de la sala a esperar el telón negro.
Dejó la botella sobre la mesa de centro. Con la mirada perdida, enfocó por inercia las letras de puntos negros impresas en el plástico roído: CAD: 26 de julio de 2026.
Ayer.
El Chino parpadeó. Una sacudida eléctrica le cruzó la espina dorsal. La apatía depresiva se esfumó de golpe, devorada por un pico de manía absoluto.
¿Qué pasa si el puto veneno caduca?
Su cerebro, que hasta hace un minuto solo quería morir en paz, empezó a correr a mil kilómetros por hora, calculando probabilidades.
Si los químicos se habían degradado y habían perdido potencia, no se iba a morir. Fact. Iba a terminar retorciéndose en el piso, vomitando sus propios jugos gástricos, para luego despertar amarrado a una camilla en el Hospital General. Le iban a meter un tubo de carbón activado por la nariz, rodeado de enfermeras y psiquiatras muggles haciéndole preguntas condescendientes. Iba a sobrevivir para enfrentar la lástima de todos, el escrutinio, el encierro en algún anexo deprimente. Había arruinado su propia salida.
Pero... ¿y si era al revés? True. ¿Y si la entropía, en lugar de debilitar el veneno, había descompuesto los enlaces químicos creando un compuesto nuevo, inestable y exponencialmente más agresivo? Ya no sería un paro cardíaco rápido o una falla respiratoria limpia. El veneno caducado podría derretirle las paredes del estómago, coagularle la sangre a pedazos y darle la muerte más agónica, grotesca y prolongada posible.
El pánico lo tomó por el cuello. La fecha le quemaba las retinas. 26 de julio de 2026. No era el miedo a morir lo que lo estaba quebrando, era el terror a la incertidumbre. Había apostado su final a un algoritmo defectuoso. Su soberbia de tener todo bajo control se desmoronó; se sintió estúpido, patético, acorralado por un pinche error de inventario.
El estómago le dio un vuelco. Un calambre lo dobló por la mitad. ¿Es el veneno funcionando normal, o es el veneno mutado destrozándome por dentro?
El arrepentimiento lo golpeó con un mazo. No quería morir así. ¡No así, güey! Necesitaba revertirlo. Leche, agua, un médico, lo que fuera. La manía tomó el control de sus piernas y lo hizo salir disparado del departamento, tropezando con sus propios pies.
Salió a la calle ciego de terror, sudando frío, con las pupilas dilatadas y el corazón amenazando con reventarle las costillas. Corrió hacia la avenida principal sin mirar los semáforos, sin ver a los lados, con el cerebro atrapado en un solo pensamiento que se repetía en eco.
El impacto sonó seco, como un costal cayendo de un tercer piso.
Un sedán genérico se lo llevó de lleno. Un mazapanazo brutal que lo mandó a volar contra el asfalto hirviente de Victoria.
El conductor frenó en seco, paralizado. En cuestión de segundos, la escena se llenó de transeúntes, oficinistas y señoras que hicieron un círculo morbosamente aesthetic alrededor del cuerpo destrozado del Chino. El asfalto le raspaba la cara, la sangre le escurría por la frente, mezclándose con la tierra, pero él no sentía los huesos rotos. El veneno, o el miedo al veneno, lo tenía anestesiado.
—¡Llamen a la Cruz Roja! ¡No lo toquen! —gritaba alguien, a lo lejos, como debajo del agua.
El Chino miró hacia el cielo despejado, pero no veía nada. Ignoró a la gente, ignoró el dolor del impacto. Su mente, totalmente rota por la presión, seguía atorada en el maldito envase de plástico. Movió los labios manchados de sangre y bilis, balbuceando con un hilo de voz, mientras el mundo se apagaba:
—26 de julio de 2026... 26 de julio de 2026... es la fecha... es la fecha...