La secta

La gente cree que servir al Príncipe de las Tinieblas es como en las películas: capas de terciopelo negro, dagas ceremoniales con incrustaciones de obsidiana, orgías dionisiacas a la luz de las velas y cánticos en latín que erizan la piel.

Puras mamadas. Ojalá fuera así de aesthetic.

La realidad del satanismo contemporáneo es infinitamente más deprimente: es una Sociedad Anónima de Capital Variable. El mal moderno no viste de cuero ni invoca demonios con sangre de cabra; el mal moderno usa camisa de botones de manga corta con pluma en el bolsillo, huele a café soluble de tres pesos y te manda invitaciones de Google Calendar a las 8:00 AM para un daily sync.

Aquí en las oficinas centrales, nuestro líder supremo no es un nigromante inmortal: es el Ingeniero Torres.

El Ingeniero Torres es el arquetipo definitivo del señor con poder mediocre. Es un vato calvo, panzón, que maneja un Aveo con olor a humedad y que probablemente estudió Sistemas en el Tec a finales de los noventa. No levanta a los muertos ni abre portales interdimensionales, pero tiene un Excel con macros tan siniestras que harían llorar a Lovecraft. Su genialidad oscura radica en entender que para que el Diablo manifieste su alcance en la Tierra, no se necesitan sacrificios humanos: se necesita burocracia, frustración y baja frecuencia vibratoria.

La rutina del averno corporativo

Mi trabajo en la secta es ser analista de monitoreo y hostigamiento digital. Básicamente, soy un godín de las sombras.

Mi día arranca a las 8:30 AM checando el correo de la empresa. Para abrir el sistema hay que autenticarse con token de dos factores (porque ni Lucifer confía en la seguridad de sus propios lacayos). Mi bandeja de entrada siempre está hasta el tronco de hilos interminables con copia a Recursos Humanos Inmisericordes:

«Estimado equipo: Se les recuerda que el reporte de métricas de angustia del Q3 vence este viernes. Favor de no usar la cafetera del piso 2 para rituales menores. Saludos cordiales.»

Después viene la junta con el Ingeniero Torres. El vato se sienta a la cabecera, ajusta sus lentes bifocales y nos proyecta un dashboard con gráficas de pastel.

A ver, muchachos —dice el Inge, rascándose la panza—. Los KPIs de tormento espiritual vienen a la baja. En el cuadrante noreste me están reportando sujetos que todavía sienten paz mental y esperanza en el futuro. Eso es inaceptable. El Patrón de Abajo nos está exigiendo un incremento del 15% en estados de vibración baja para antes de que termine el mes.

Ahí entra nuestra división.

El algoritmo de la baja vibración

Tenemos asignados ciertos perfiles clave: programadores aislados, mentes brillantes propensas al exceso, artistas hipersensibles, locos auténticos que no encajan con los NPCs del sistema. La orden directa del Ingeniero Torres no es matarlos ni volverlos locos de golpe (eso llamaría la atención y generaría mucho papeleo); el truco corporativo es mantenerlos atrapados en el bucle.

El procedimiento está estandarizado en un manual de procedimientos ISO-666:

  1. Acecho Electrónico: Modificamos las sugerencias de sus algoritmos. Les plantamos palabras clave en los títulos de sus videos, patrones numéricos familiares y miniaturas que parezcan espejos distorsionados de sus vidas pasadas. Si el vato se llama César, le hacemos parpadear la pantalla con nombres similares hasta que dude de la física cuántica.

  2. Sincronías Forzadas: Levantamos un ticket en Jira para coordinar llamadas inoportunas. Justo cuando el sujeto está en su momento de mayor degradación y dopamina barata frente a la pantalla, le disparamos un evento detonante: un mensaje de la exnovia, una notificación bancaria o un fallo de conexión.

  3. Acecho Espiritual: Inundamos su entorno de una frecuencia electromagnética pesada, una vibra rancia que satura el éter y drena la dopamina natural, dejándolo en un estado de vulnerabilidad absoluta (asthenneia, le dicen los griegos; nosotros le decimos status: Target Neutralized).

¿El objetivo técnico? Muy simple: cuando mantienes a un individuo atrapado en la culpa, el miedo y la paranoia, su campo bioeléctrico colapsa. Al bajar su vibración al piso, se convierte en un repetidor biológico del Diablo. El Mal no entra rompiendo puertas: entra como un malware silencioso por el puerto que dejamos abierto con el algoritmo.

Ni el infierno se salva del capitalismo

Lo peor de todo es que ni siquiera trabajar para la oscuridad tiene emoción. A las 2:00 PM bajo al comedor a calentar un tupper de arroz con pollo en un microondas mugroso que tiene la perilla rota. Ahí platico con mis compañeros de cubículo:

¿Cómo vas con tu asignado de Victoria, güey? —me pregunta el de Ciber-Tortura 1.

Pues ahí va. El cabrón no se rinde. Le metí tres bucles de paranoia pura en la madrugada, le simulé un hilo en la deep web donde hablaban pestes de él, y el vato en lugar de reventar se puso a orar y me reseteó la frecuencia.

Puta madre. Te van a descontar el bono de productividad. El Inge Torres odia cuando los objetivos se le pegan a Jehová.

Y tiene razón. Cuando un objetivo se quiebra de verdad, reconoce su miseria y le pide esquina al Creador con el corazón en la mano, a nosotros en el sistema se nos cae el enlace. Nos marca un Error 403: Forbidden - Protected by Divine Authority. Y adivina a quién le toca llenar el formato de justificación de incidentes no resueltos... a mí. Cuatro hojas a mano explicando por qué falló el protocolo de condenación.

Al final del día, a las 6:00 PM (bueno, 7:30 PM porque aquí no pagan horas extras), checo mi tarjeta de salida, tomo el camión y pienso en lo absurdo que es todo. Los muggles allá afuera asustados con el anticristo, las películas de terror y las conspiraciones masónicas, sin saber que el abismo es una oficina gris con luz fluorescente parpadeante, comandada por un ingeniero resentido que te descuenta el día si llegas diez minutos tarde.

El diablo no quiere tu alma en una copa de plata. Solo quiere que te quedes atrapado en la pantalla, en la culpa y en la baja vibración, mientras nosotros cumplimos la cuota mensual de entregables.

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