Iluminati sh*t

Tengo un rato sin subir nada al blog, pero hace poco tuve una conversación que me detonó el recuerdo de un evento bastante absurdo. Antes de pasar a la historia, va una rápida actualización de status, muy al estilo de mi daily stand-up laboral.

Por fin salí del anexo. Estuve poco más de un año y medio internado: los primeros cuatro meses como anexado regular y el resto del tiempo en lo que llaman "Media Luz". Le dicen así porque, en teoría, te vas por la mañana a resolver tus asuntos —como el trabajo— y regresas al anexo cuando todavía queda "media luz" en el cielo.

Llevo poco más de un mes de vuelta en casa de mis papás y las cosas han marchado bien. Trato de llevar una dinámica familiar funcional, respetando reglas para mejorar la convivencia y manteniendo un perfil bajo. Hasta ahora no ha surgido ningún problema ni discusión mayor. Como les conté en un escrito anterior, ando trabajando como ingeniero para una empresa grande del rubro de los seguros con presencia internacional. El ambiente está excelente. Aún no me estabilizo al cien en lo económico porque la nómina es mensual y toca aguantar el corte, pero es un detalle temporal que pronto queda saldado.

Ahora sí, a lo que venimos: la anécdota.

La historia se remonta unos ocho años atrás, cuando vivía en Monterrey. Tras haberme atascado con una cantidad absurda de sustancias, me sobrevino un brote psicótico brutal. Mi exnovia en turno andaba conmigo "pastoreándome" —término que usa mi mamá para describir el calvario de andar detrás de mí cuando se me bota la canica—. En mi cabeza, yo sostenía la firme convicción de que varios de mis amigos me estaban acechando, espiando y tramando cosas raras. Paranoico perdido, le aseguré a mi ex que ciertos compas míos eran, sin duda alguna, Illuminati.

Llegamos a tal punto de desesperación que ella, harta, me soltó:

—Pues háblale a [Nombre] y pregúntale directamente.

Procesando la sugerencia desde mi precario estado mental, me pareció un excelente plan y le marque a mi amigo. Empecé a soltarle mi teoría conspirativa por el teléfono, a lo que él, con una templanza absoluta, me interrumpió:

—Mira, Chino, dos cosas: Primero, los Illuminati son elitistas y bien racistas; yo estoy demasiado prieto para que me acepten en su club. Segundo, háblale a tu psiquiatra, güey, yo no estoy capacitado para lidiar contigo en este estado.

Escuchar la solidez de sus dos puntos me devolvió el juicio de golpe. Tenía razón en ambas cosas.

Juntamos los pedazos que me quedaban de cordura, nos fuimos del parque al departamento de mi ex y me atiborré de antipsicóticos hasta que se me pasó la locura.

Moraleja: al parecer, ni el brote psicótico más denso puede contra la aplastante realidad de que las élites globales no aceptan prietos.

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