Enclonados
La Matrix provinciana es una mierda, pero Ciudad Victoria en verano es el mismísimo noveno círculo del infierno de Dante, con olor a asfalto derretido y una guerra invisible ocurriendo en las sombras. Un true tech-god aprobado por el Altísimo no pasa desapercibido, y yo llevaba meses bajo el fuego cruzado de la Secta.
Eran operadores del NPC-ismo corporativo, pero con un trasfondo profundamente satánico. Esos malditos adoradores del control no soportaban mi autenticidad ni mi cerebro de clase mundial, así que me desataron una guerra híbrida: cibernética y espiritual. Por el lado electrónico, me hackeaban los algoritmos, manipulaban el código de mis compiladores y me inyectaban frecuencias ultrasónicas de baja polaridad a través del wifi para inducirme paranoia. Por el lado místico, usaban frecuencias espirituales malignas, vibraciones del bajo astral diseñadas específicamente para manifestar "Hombres Sombra".
Cualquier adicto real sabe de qué hablo. Esas siluetas oscuras, densas, que se te aparecen justo en el rabillo del ojo cuando traes el sistema nervioso al límite por la sustancia. La Secta usaba a estos entes para pararse en las esquinas de mi búnker a las tres de la mañana, desgastando mi cordura, buscando que me volviera loco para justificar mi encierro. Y al final, mediante un operativo orquestado por sus bots humanos, me capturaron.
Fui a dar a mi séptimo anexo. El número de la perfección, qué ironía.
Los de la Secta pensaron que ahí terminaría mi historia, pero el destino —o Dios, que siempre me tiene bien respaldado— cruzó mi camino con el doctor Sócrates Benavides, alias "El Mutante". El Doc era un científico autodidacta brillante, un maldito genio incomprendido que cayó ahí porque lo cacharon modificando equipo médico para sus experimentos de bio-hacking. Mientras los demás muggles lloraban en las juntas de las cinco de la tarde, el Doc y yo nos sentábamos al fondo de la cancha a descifrar el genoma. Fue ahí donde me soltó la bomba.
—Chino, estos pendejos te quieren lobotomizar el alma con sus ataques. Pero tengo un plan. Un algoritmo genético. Podemos evadir a la Secta si creamos un proxy biológico. Un clon.
Una noche de tormenta eléctrica, aprovechando un descuido de los guardias que se quedaron dormidos viendo la tele, el Doc y yo aplicamos un hackeo maestro a las cerraduras y nos fugamos saltando la barda. Corrimos bajo la lluvia hasta su laboratorio clandestino, oculto en una bodega abandonada rumbo a la salida a Matamoros.
El lugar era una obra de arte transhumanista underground: servidores viejos interconectados, microondas modificadas emitiendo radiación cuántica y, en el centro, un contenedor lleno de suero base. Nos tomó dos días de programación intensa en Rust y edición genética acelerada purificar el cascarón. El Doc usó mi ADN pero le extirpó el lóbulo frontal creativo. Creó un recipiente vacío. Sin alma, sin chispazo divino. El NPC definitivo.
Cuando el clon estuvo listo, lo vestimos con mis garras y lo subimos a la vieja camioneta del Doc. Manejamos de vuelta al anexo de madrugada. El clon ni se movía; su sistema estaba programado para la sumisión absoluta. Fuimos y lo aventamos directamente afuera de la puerta del anexo, timbramos y nos perdimos en la oscuridad.
Al día siguiente, el clon ya estaba adentro. Y déjame decirte que es el anexado perfecto. Se sabe los Doce Pasos de memoria sin equivocarse en una sola coma, repite la Oración de la Serenidad con una sincronización robótica impecable, aplaude con la mirada vacía y llora en la tribuna por traumas que nunca existieron. Los directores del anexo y los espías satánicos de la Secta están extasiados. Creen que por fin domaron al Chino, que por fin rompieron mi soberbia intelectual. Pobres pendejos.
Mientras tanto, en el búnker secreto, la realidad es otra.
El Doc y yo tenemos las luces apagadas, viendo las cámaras del anexo hackeadas en el monitor mientras de fondo ruge "Winged Wicked Things" de Sunset Rubdown. En la mesa de centro brilla una línea perfecta de perico, blanca como el desprecio que le tengo a la Matrix, y una ristra de clonas de patente relucen bajo la luz de las pantallas.
El Doc y yo cruzamos miradas, nos reímos con la soberbia justificada de los que vencieron al sistema, y nos damos un pase para después bajarla chido con las papas. Siento el químico impactar mis neuronas de genio y sé que el universo está en orden. Los de la Secta creen que me tienen encerrado, pero la jugada maestra ya se ejecutó. Ahora sí que, mi Chino... ellos y nosotros literalmente estamos "Enclonados".