Tesoros no deseados

A lo largo de la historia se ha debatido sobre cuál es la verdadera naturaleza del hombre. Algunos han argumentado que el hombre es bueno por naturaleza y otros que este es el producto del desarrollo de su experiencia de vida. ¿Acaso soy bueno? ¿Soy malo? ¿Qué relevancia o sentido tienen estas preguntas? ¿En realidad importan?

Me gusta pensar que soy una buena persona, y tengo motivos para creerlo. No busco hacer una apología de mi vida, sino profundizar en una inquietud espiritual. Durante años, viví una crisis existencial paralizante. Pasé por etapas de decepción y confusión moral, marcadas por una relación con las sustancias que se extendió por más de quince años. ¿Qué tiene que ver la espiritualidad con la adicción? Al explorar la recuperación en grupos de autoayuda, entendí que nuestro dolor deriva a menudo de lo que Viktor Frankl llamaba el «vacío existencial»: una desconexión fundamental con lo trascendente.

Pasé por años de un ateísmo agresivo, transitando hacia el agnosticismo y, finalmente, simpatizando con el nihilismo y el absurdismo. Citaba a Jean-Paul Sartre y Albert Camus, pero en realidad, no comprendía su propuesta. El absurdismo, tal como Camus lo plantea en El mito de Sísifo, no es una rendición; es la aceptación de que, ante un universo indiferente, el ser humano debe rebelarse viviendo con integridad. Mi error fue confundir el absurdo con la falta de sentido absoluto, lo que me llevó a una existencia miserable. Me sentía perdido, como Sísifo empujando su piedra, pero sin encontrar la libertad que Camus prometía en el esfuerzo.

Cuando consumía, solía confesar que no me sentía más importante que las piedras. Las veía como objetos inanimados que, a diferencia de mí, no cargaban con el peso de la autoconciencia. Me sentía despojado de dignidad, como un personaje de Kafka, incapaz de justificar mi existencia frente a lo inanimado.

Hoy, con una espiritualidad más madura, la inquietud persiste. Como informático, veo al cerebro como una computadora, lo que me enfrenta al «problema difícil de la consciencia» de David Chalmers: ¿es la inteligencia simplemente computable, o existe un componente inmaterial —el alma— fundamental para el ser? Este debate resuena con el dualismo de Descartes, quien separó la res cogitans (la mente) de la res extensa (el cuerpo).

En medio de todo esto, desarrollé mi propio mantra filosófico. Si Jesús predicó el amor al prójimo, yo, en mi perspectiva laica, encontré una ética práctica: «No tienes que ser bueno, solo trata de no ser un OGT». Recuerdo una noche en el departamento de mi amiga Dany, argumentando que este principio era el requisito mínimo para la convivencia humana. Era mi propia versión, pragmática y un poco cruda, del imperativo categórico de Kant: obra de tal modo que tu acción no cause un daño innecesario a los demás. El «amar al prójimo» se convirtió en el «no chingar del Chino Nava».

Yo tengo un término que tal vez yo lo inventé o no sé si lo vi en algún lado, pero la verdad yo por mucho tiempo fui algo así como un ateo cristiano. ¿Por qué propongo esto? En la actualidad, después de haber tenido un desarrollo teológico muy sustancial, entiendo de una manera muy extensa cuáles son los valores de un verdadero cristiano. Y no me refiero a dar diezmo en la iglesia o asistir al servicio el domingo o no decir maldiciones. Me refiero a lo que en realidad importa. Tal vez creas que es una presunción que yo proclame que sé lo que Jehová espera de nosotros, pero bueno, de una manera que tal vez es difícil de creer, te puedo decir que sí tengo un buen entendimiento sobre esto. Mientras estuve en mis diferentes 8 anexos, tuve la oportunidad de recibir la palabra por diferentes tipos de predicadores: católicos, cristianos de diferentes sabores, Testigos de Jehová e incluso una cosa rara que se llama la Iglesia Carismática Episcopal. Yo siempre fui bueno en la escuela y, pues como era de esperarse, también empecé a aprender sobre las cosas de Dios. Con el tiempo, el interés se volvió genuino. Empecé a leer diferentes libros de espiritualidad. Mi primer libro esotérico no canónico de Metafísica fue un libro que se llama Metafísica 4 en 1 de St. Germain. El libro está largo, son unas 700 páginas y está bien denso. Todo es como cosas mágicas difíciles de creer y, cuando aun el día de hoy mantengo un lado escéptico y de pensamiento racional y científico, ya he pasado por experiencias sobrenaturales que por lo menos para mi propia percepción subjetiva validan la existencia de lo metafísico o sobrenatural. Después de eso leí el Kybalion, que es un libro que se autodenomina como de psicología mística y es uno de los libros esotéricos más trascendentales de la humanidad. Después de eso leí un libro sobre la Cábala y 3 más de metafísica cristiana; ah, y claro, para este momento ya había leído la Biblia casi en su totalidad o, por lo menos, lo que es el Nuevo Testamento sí lo llegué a leer de principio a fin a lo largo de varios días, por lo que conozco bien las parábolas y las bienaventuranzas de Jesús. Los hermanos que comparten la palabra prácticamente son como una escuelita de Dios y, ¿qué creen?, pues cada anexo duró por lo menos 5 meses y estos iban unas dos veces por semana o algo así; entonces, jaja, pues tuve un buen de teología y, como te digo, voy en el anexo 8, así que no creo que te puedas imaginar qué tanto Dios entró a mi vida, de cierta manera, a la fuerza.

Entonces llegué a la conclusión de que yo era un ateo cristiano. Yo le daba vida a una verdadera vida cristiana sin tener fe. Bueno, tal vez no me creas, pero el día de hoy, que me considero un cristiano regular, te puedo decir que a las pruebas me remito y siempre fui más bueno que malo. En realidad, nunca fui malo. Nunca he sido un OGT con nadie. Yo siempre trato bien a las personas y le doy la mano incluso a extraños y, por supuesto, que también a la gente cercana. Nunca he entendido por qué me nace hacer eso; solo es como cierta empatía con el prójimo al sentir sus carencias y su dolor, y ayudarlos es para mí una manera de, en realidad, sentirme mejor. No porque me deban algo o por la gloria o algo así; es más como sentir satisfacción por el hecho de que un tercero se sienta de una manera positiva.

Nunca lo hice por la moral o por el reconocimiento. De hecho, hay un dicho: «tiras la piedra y escondes la mano»; yo aplicaba más una política de «tirar un paro» y esconder la mano, porque a veces no me gusta que la gente se dé cuenta de que los estoy ayudando. No era bueno por agradar a Dios; yo no creía en Él. No había principio de sabiduría. No había nada. De hecho, yo estaba roto y sufriendo la mayoría del tiempo, pero darle soluciones a la gente siempre me dio vida. No tengo idea de cuánta gente he ayudado en la vida. Simplemente es un número que no hay manera de calcular; hay cosas que hice para ayudar a los demás que ya no me acuerdo, porque para mí no es un evento tan especial; simplemente es algo que hago usualmente.

¿Cuál es el caso de todo esto? Hoy me mencionaron que soy una buena persona y que el jefe, Dios, probablemente tenga preparado algo bueno para mí. Me quedé pensando y me di cuenta de que eso no era importante. Habiendo sido un ateo cristiano, fui bueno con el mundo no por fe u obediencia, sino por compasión y humanidad. El día de hoy me llevo excelente con Dios y sé que el hombre de bien obtendrá su recompensa; pero la verdad, aunque se escucha chido, no es algo que realmente me importe y ese es el punto de esta reflexión. «Tesoros no deseados» es de lo que estoy hablando. Yo no busco la recompensa ni me importa la balanza; para el que es servidor verdadero, ser servidor es la alabanza. Y yo sé que Dios en mí se complace y que Jesús es mi hermano —no de sangre, claramente, pero sí de propósito—. Yo pude ser cristiano en la agonía del vacío existencial y ahora que hay paz en mi corazón soy, definitivamente, un cristiano de verdad. No de palabra o de pretensión, sino de hechos y de acciones. Las iglesias están repletas de gente que dice seguir a Cristo pero no hacen nada por el prójimo. Roban, mienten, engañan, pero no tienen un corazón de carne que les permita extender la mano a los pequeños. Cantan las alabanzas y lloran y se hincan y gritan: «¡HALLELUJAH! ¡Alabado sea el Señor!», pero yo les digo que OGTs ellos son porque no aman, porque no ayudan, porque no se dan cuenta de que lo que importa no es que tu vino no esté lleno de mosquitos, sino que lo que importa es que no te tragues al camello, como le decía Jesús a los fariseos. Se preocupan por rituales, mandamientos y preceptos; por detalles tontos, por cosas que estoy seguro de que a Dios no le importan. Todos tenemos conciencia y la conciencia viene de Dios, y es el instrumento que Él nos dio para discernir; probablemente sea lo único que necesitas. Sí, la Biblia y la teología enseñan e instruyen, pero el dolor ajeno, la pena, la dificultad y la aflicción son cosas que se sienten como humano, y eso es más que suficiente para saber cómo actuar.

Yo tengo tesoros en el cielo que Dios tiene para mí, pero, para ser honesto, no los necesito ni los quiero. Tal vez uno piense que por haber sido un buen cristiano uno se merece ir al cielo, pero realmente el ser buena persona es el cielo mismo y, como te digo, esos tesoros yo no los busco; pero creo que, precisamente por ese hecho, los merezco completamente.





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Le mordi a una planilla