Un inocente tigre y un tigre inocente
Aquí de nuevo, tecleando desde el lado correcto de la reja. Estos días ya son canónicos en mi existencia: después de 1.7 meses de introspección forzada, por fin salí del anexo. Al chile, no tenía intenciones de abandonar el barco todavía, pero se generaron ciertas fricciones con el grupo y preferí tomar la decisión ejecutiva de abrirme. Ahorita estoy instalado otra vez en casa de mis señores padres; ya acomodé mis cosas y el panorama pinta bien. Mi jefa no estaba del todo convencida con mi salida anticipada, pero mi jefe, desde el día uno, me dejó en claro que yo no tenía por qué pasarme la vida viviendo en un anexo.
Mi meta: la idea de salir de ahí siempre fue directo a conseguir una casa para egresar con el orgullo intacto. En teoría, el objetivo se logró; con mis puntos del Infonavit alcancé un crédito de hasta 5 millones de pesos. Ya tengo los medios financieros para comprar algo propio y empezar a armar mi vida, pero seamos true: no tengo familia propia, estoy soltero, y mudarme a vivir completamente solo no es la mejor estrategia para mi recuperación en este preciso momento.
Fue una odisea sobrevivir tanto tiempo en el anexo. La verdad es que, dentro de lo que cabe, me la pasé chido, pero espero de corazón que esta sea la última vez que me encuentro en esa situación. Por ahora, este break me sentó de huevos y sé que las cosas van a mejorar. Desafortunadamente perdí mi último jale por pegarle al verga y me corrieron; pero, no es un gran problema. He tenido más trabajos en la industria tech que cualquier pinche mortal que conozco. De momento el flujo de efectivo no es tema, ando bien de lana y ya estoy en procesos de selección: tengo cuatro ofertas en puerta con diferentes rangos salariales. No tendré mayor problema; estoy súper preparado para las entrevistas y me sobra experiencia para hacer un papel magistral frente a los reclutadores. Me dio un chingo de gusto que mi papá me respaldara de inmediato en mi decisión de salir, y mi mamá, aunque un poco renuente al principio, me ha tratado al cien.
El linaje del Tigre
Mi viejo tiene una razón muy poderosa para mostrarse empático con mi encierro. Verán, él también estuvo privado de su libertad en su momento. Desde que yo era un morro, siempre escuché historias sobre sus crisis económicas: que si embargaban la casa, los carros, los ranchos... que si lo perdíamos todo. Fue entre 2016 y 2017 cuando los problemas de mi jefe tocaron fondo. En ese entonces yo vivía en Monterrey con el Greko y esos culos, cuando de repente me marcó mi mamá para decirme que se habían llevado a mi papá a la cárcel. Fue un periodicazo en el hocico para toda la familia. Me imagino que fue mucho más crudo para mis hermanos y mi jefa, quienes se quedaron en Victoria lidiando con todo el aftermath del encierro.
Yo caí en una depresión profunda. Vivir en Monterrey no me latía tanto y me la pasé meses sumergido en ese hoyo negro, sintiéndome de la patada por la situación de mi viejo. De hecho, esa época fue en las que menos me drogaba; sólo fumaba marihuana muy esporádicamente porque lo último que quería era ocasionar más broncas.
El caso legal de mi papá nunca lo entendí por completo. Fue una marranada: él vendió una propiedad, no le terminaron de pagar, y los compradores tenían nexos con el gobierno de Tamaulipas. Usando pura corrupción institucional, convirtieron un juicio estrictamente mercantil en un juicio penal. Una total ilegalidad, el pan de cada día en este pinche país de NPCs.
Scarface en Ciudad Victoria
Aquí es donde la historia se pone nivel Hollywood, algo sacado de una película de gánsteres. En el terreno del negocio de mi papá hay un espacio enorme. Por aquellas épocas, llegó un circo a la ciudad y le pidieron permiso a mi jefe para instalarse en sus predios. Mi papá accedió y el circo se quedó ahí un buen rato. El pedo estalló cuando los animal lovers progres armaron sus iniciativas de "circos sin animales". ¿El resultado real? Un genocidio culposo: se murieron muchísimos animales en cautiverio porque las carpas ya no facturaban y no había dinero para mantenerlos.
El circo en cuestión tenía una carpa con fauna exótica justo al lado del negocio de mi jefe. Entre esas criaturas destacaba un tigre de Bengala que se convirtió en el epicentro de una puta controversia absoluta. Los cirqueros ya no podían mantenerlo porque el pinche gato gigante tragaba una barbaridad y quitárselo de encima de forma legal era un calvario. Por otro lado, los de Protección Civil andaban asediando la zona listos para el decomiso. Y para coronar el absurdo norteño, la maña se enteró de que había un felino de ese calibre y también lo querían... me imagino que para amarrarlo en el patio de su casa al puro estilo de Tony Montana en Scarface. A los mañosos les encantan los gatos grandes.
Esta historia me la contó mi hermano y le creo ciegamente. Yo vi el circo, aunque al tigre nunca lo tuve de frente. Mi hermano me decía que mantenerlo era un infierno logístico por todo lo que tragaba, y la tensión estaba de la verga porque unos querían al animal y otros no. Sea como sea, al final mi apá resultó ser más tigre que todos ellos. Con el respaldo de un abogado brillante, terminó ganando el juicio en una corte federal. Pasó un año y medio en el penal y, aunque sé que no le encanta admitirlo en público, tiene buenos recuerdos de su estancia tras las rejas.
El Hombre en Busca de Sentido
Yo me identifico cabrón con esa experiencia. En total, yo llevo más de 4 años y medio refundido en mis múltiples anexos. Es una ironía brutal, casi un chiste de humor negro, pero a mí me tocó leer El hombre en busca de sentido de Viktor Frankl estando en cautiverio. Ahí estaba yo, incomprendido, leyendo sobre un psicólogo judío atrapado en un campo de concentración mientras yo lidiaba con mis propios demonios encerrado en un anexo.
Mi papá es un chingón, todos en mi familia tenemos esa maldita casta de sobrevivientes y me llena de orgullo portar su apellido.
Mi época de vivir en el anexo ha terminado. Mi viejo también salió de su tormenta. Recuerdo mucho que en el cuarto de valoración del último anexo, "Azarías", alguien había grabado una inscripción en la parte inferior de la pared que decía: "Esto también pasará". Había días oscuros en los que me quedaba contemplando esas palabras por horas, esperando el maldito momento en que mi encierro se diluyera en el tiempo.
Pues bien, ese día ya llegó. El encierro se acabó. Siguen cosas nuevas y toca caminar hacia adelante. Hoy, plantado en un nuevo estado de estabilidad, me paro con orgullo, decisión y los huevos bien puestos para encarar lo que sea que la vida me depare. Porque si algo aprendí de los tigres, de mi viejo y del encierro, es que sea bueno o sea malo, lo que sea que te esté sucediendo en este maldito instante... también pasará.