Luna de París
La luna llena colgaba sobre París como una moneda de plata recién acuñada, indiferente a lo que su luz provocaba en los callejones de Montmartre. No era una noche cualquiera; el aire tenía una densidad eléctrica, un zumbido que solo Dennis parecía escuchar.
Dennis corría. Sus pupilas estaban tan dilatadas que el blanco de sus ojos casi había desaparecido, tragado por dos pozos negros de terror químico. Su corazón martilleaba contra sus costillas, un ritmo frenético, inhumano, que amenazaba con romper el hueso.
Hacía una hora, en un acto de desesperación estúpida, había consumido el botín. No era oro, ni joyas. Era una pequeña ampolla de vidrio soplado, robada de un sótano húmedo en el distrito XVIII, un lugar que olía a incienso rancio y azufre. Había calentado el cristal con un encendedor tembloroso hasta que el líquido ámbar en su interior se convirtió en un vapor denso y acre. Lo inhaló de golpe.
Le llamaban la "Poción del Discernimiento". Decían que abría el tercer ojo. Pero nadie le advirtió que una vez abierto, el ojo no podía cerrarse.
El mundo se había vuelto hiperreal y, al mismo tiempo, una pesadilla. Los contornos de los edificios vibraban. Los sonidos eran demasiado fuertes; el chirrido de un metro lejano sonaba como un grito en su oído. Pero lo peor no era lo que estaba, sino lo que no debería estar.
Llegó al pequeño apartamento en la Rue Lepic. Subió las escaleras de dos en dos, sintiendo una energía inagotable y tóxica quemándole los músculos. Aporreó la puerta.
—¿Quién es? —la voz de Perla sonó adormilada. Tenía veintitrés años y la inocencia de quien aún cree que París es solo romance.
—¡Soy yo! ¡Dennis! ¡Abre, por Dios, abre! —su voz era un rasguido gutural, su mandíbula estaba tensa, rechinando los dientes sin control.
La puerta se abrió y Perla apareció frotándose los ojos, envuelta en una bata de seda. Antes de que pudiera preguntar, Dennis se coló en el interior, cerró la puerta de golpe y echó el cerrojo con manos temblorosas.
—Dennis, ¿qué haces? Estás empapado en sudor. Tus ojos…
Él no la miraba. Sus ojos barrían el pequeño estudio, buscando en las esquinas, detrás de las cortinas, debajo de la cama.
PERLA Dennis, me estás asustando. ¿Qué tienes? ¿Qué te pasa?
Dennis se pegó a la pared, alejándose de la ventana como si la luz de la luna fuera corrosiva. Se rascaba el antebrazo compulsivamente, justo donde, días atrás, durante el robo, uno de los guardianes del sótano le había clavado los dientes en un intento desesperado por detenerlo. La mordida ardía ahora más que nunca, pulsando al mismo ritmo químico que su sangre.
DENNIS (Con voz entrecortada, mirando un punto vacío cerca del armario) Shhh. Baja la voz. Nos escuchan.
PERLA ¿Quiénes? No hay nadie aquí.
DENNIS Vienen tras de mí.
PERLA ¿Quiénes vienen, Dennis? Por favor, cálmate.
Dennis señaló frenéticamente hacia el pasillo, hacia el rabillo del ojo, hacia esos lugares donde la visión se vuelve borrosa.
DENNIS Ellos. Están en todas partes. Desde que inhalé el vapor… los veo. Se mueven cuando crees que no miras.
PERLA (Acercándose lentamente, con miedo) ¿Quiénes?
DENNIS (Susurrando con horror) Los hombres sombra.
Perla retrocedió un paso. La paranoia de él era contagiosa, una enfermedad palpable en el aire cerrado de la habitación.
PERLA ¿De qué estás hablando? ¿En qué te metiste esta vez?
DENNIS Fue el robo. No debí hacerlo.
PERLA ¿Qué robo? ¿A quién le robaste?
DENNIS A los magos. La secta del distrito XVIII. Esos que mezclan la alquimia oriental con magia negra.
PERLA ¿Qué magos?
DENNIS Los magos del Siam. Me llevé su frasco sagrado. Creí que podría venderlo, o usarlo para ver el futuro… solo veo oscuridad. Y esa mordida… el mago que me mordió… siento su veneno.
Un ruido en la calle, quizás un gato tirando un cubo de basura, hizo que Dennis saltara. Se agazapó, un gruñido bajo e involuntario escapó de su garganta. No sonó humano.
—Tenemos que irnos —dijo Dennis, agarrando el brazo de Perla con una fuerza excesiva—. Aquí estamos atrapados. Es una ratonera. Necesitamos gente. Ruido. Luces. Un lugar público donde no puedan arrastrarme a la oscuridad sin que nadie lo vea.
—Dennis, estás delirando, no podemos salir así…
—¡Aquí vamos a morir! —rugió él, y sus ojos brillaron con un destello amarillo momentáneo que Perla atribuyó a un reflejo de la lámpara.
La arrastró escaleras abajo, saliendo a la fría noche parisina. Caminaron rápido, casi corriendo, hacia el Sacré-Cœur. Dennis miraba constantemente por encima del hombro, viendo figuras alargadas y bidimensionales que se deslizaban por las paredes de piedra, sombras que se despegaban de sus dueños para acecharlo. La "poción" seguía bombeando terror y adrenalina por sus venas, pero ahora, algo más antiguo se mezclaba con la química.
Su piel le picaba. Sentía los huesos elongarse, una incomodidad profunda, como dolores de crecimiento multiplicados por mil. El roce de su propia ropa se volvió insoportable.
Llegaron al mirador frente a la basílica. La ciudad se extendía a sus pies, un mar de luces ámbar. Pero Dennis solo tenía ojos para el cielo. La luna llena lo llamaba, una atracción magnética, ineludible.
Se soltó de Perla y se apoyó en la barandilla de piedra, jadeando. Su cuerpo se arqueaba. Sentía una necesidad imperiosa de aullar, de rasgar algo con unas uñas que sentía repentinamente más largas y afiladas.
—Están aquí… —gimió Dennis, viendo cómo las sombras de los turistas parecían estirarse hacia él como dedos negros.
Perla, superando su propio miedo, se acercó a él. Lo tomó por los hombros, intentando anclarlo a la realidad. Le giró el rostro para que dejara de mirar las esquinas oscuras y mirara hacia el cielo abierto.
—Cálmate Dennis, cálmate —le dijo con voz suave, tratando de imponer su cordura sobre el caos mental de él—. Todo está en tu cabeza. Es esa porquería que tomaste. No hay tal cosa como lo que tú dices.
Dennis temblaba violentamente bajo sus manos. Un vello grueso y oscuro comenzaba a brotar en sus nudillos, pero Perla estaba demasiado enfocada en sus ojos para notarlo.
—Todo está bien —continuó ella, acariciando su rostro febril—. Mira la noche. Mira qué hermosa está París. Mira las estrellas.
Ella levantó la vista hacia el orbe plateado que dominaba el firmamento, ignorando cómo la mandíbula de Dennis se desencajaba con un chasquido húmedo.
—Mira la luna, está llena —susurró Perla, hipnotizada por la belleza de la escena, trágicamente ajena al monstruo que nacía a su lado—. Estamos en París. Esa es la única magia verdadera.
Dennis intentó decir su nombre, intentó pedir ayuda, pero cuando abrió la boca hacia la luna, el único sonido que salió fue un aullido largo, doloroso y liberador que heló la sangre de todos los que paseaban esa noche por la ciudad luz.
Conoces la rola?
Comenta y si le atinas te regalo un cafe!