I. El de la papa
Llevaba once días sin tomar la primera vez que lo escuché. Once días, que no es nada, pero yo los traía contados como presidiario que raya la pared. El grupo quedaba en una cochera adaptada en una colonia de Victoria: sillas de plástico, un garrafón, café de olla que sabía a calcetín y una manta con los Doce Pasos que ya estaba amarilla de tanto humo de antes, de cuando todavía se podía fumar adentro.
Yo me sentaba hasta atrás, cerca de la puerta. Por si acaso.
Esa noche el coordinador dijo "¿algún compañero que quiera hacer uso de la tribuna?" y se paró un bato güero, de lentes, con sudadera y una mochila de laptop que no se quitó ni para hablar.
—Buenas noches, compañeros. Mi nombre es Chino y soy un enfermo alcohólico y adicto.
—Buenas noches, Chino —contestamos todos, yo nomás moviendo la boca.
Y se puso a contar cómo hacía pipas con papas.
Así nomás. Que primero con manzana, que era "el Hello World de la improvisación", luego con cáscaras de limón y zanahorias, hasta que descubrió la papa, que en su casa nunca faltaba aunque nunca hubiera fruta. Que llegó a la papa por el francés, porque los franceses le dicen pomme de terre, manzana de tierra, y él dijo "pues si la manzana jala, la de tierra también". La cochera entera se cagó de risa. Yo también, y me sorprendió, porque llevaba once días sin reírme de nada.
Luego contó lo del garrafón. Tres días fumando piedra encerrado en su depa, convencido de que alguien le había envenenado el agua. Muerto de sed, hincado frente al escusado, a punto de beber de ahí, y que una voz adentro le dijo: "No mames, César". Que acabó tomando del lavabo como quien se avienta de un edificio, esperando morirse, y que no se murió, nomás se durmió.
—Y aquí estoy —dijo—. Solo por hoy.
Me acuerdo que pensé: este bato está más jodido que yo y aquí anda, con su laptop y sus lentes, riéndose. Y por primera vez en once días sentí algo parecido a la esperanza, o a la envidia, que a veces se parecen mucho.
II. Simpatía
Seguí yendo. No por el programa, al principio, sino por él. Ahora lo admito.
El Chino hablaba como nadie en ese grupo. Los demás contaban su historia como quien reza un rosario: la misma cruda, la misma esposa que se fue, el mismo "toqué fondo". Él no. Él decía cosas como "mi cerebro tenía un memory leak" o "la recaída es un bug que no está en el código, está en el compilador". La mitad de los compañeros no le entendían, pero se reían igual, porque él mismo se reía primero.
Contó de Real de Catorce, de cuando los agarró la policía que ya los estaba esperando y pagaron dos mil quinientos de mordida. Contó de una consultora en Monterrey donde ganaba más que cualquiera de nosotros en un año y que se tragó la coca con Sprite cuando creyó que lo iban a revisar. Contó de los anexos. Ocho, dijo. Ocho. Y lo dijo sin presumir y sin llorar, como quien dice cuántos hermanos tiene.
Una noche, a la salida, se me acercó. Yo estaba fumando junto a la camioneta.
—¿Cuántos días traes, compa?
—Veintitrés.
—Ah, chingón. Los primeros noventa son los más culeros. Luego nomás son culeros normales.
Se rió, me dio una palmada y se fue caminando. No me pidió nada. No me ofreció apadrinarme. Nomás me preguntó los días, como si importaran.
Esa noche, en mi casa, pensé que si ese güey había podido, a lo mejor yo también.
III. Las pantallas
Fue como a los dos meses cuando empezó a contar las otras cosas.
Lo dijo igual de tranquilo que lo de la papa, y eso fue lo que me heló.
Que durante años, cuando consumía, veía su nombre en las pantallas. César. Chino. Nava. En los videos, en las páginas, en lugares donde no tenía por qué estar. Que veía caras parecidas a las de sus exnovias, fondos que se parecían a la casa de sus papás. Que buscó cámaras en el techo, en los enchufes, en el detector de humo. Que había unos hombres, nomás sombras, que lo seguían en la calle. Que una vez una ex le marcó justo, justo, en el segundo en que él estaba pensando en ella frente a la pantalla.
Yo volteé a ver a los demás, esperando que alguien se riera, que el coordinador le dijera "compañero, eso es de psiquiatra, no de tribuna". Nadie dijo nada. Don Ramiro, que tiene treinta y dos años sin tomar, nomás asentía despacio, como si ya hubiera oído eso antes.
—Yo pensé que era la droga —dijo el Chino—. Y sí, la droga abre puertas. Pero hay puertas que se quedan abiertas aunque ya no consumas.
Esa noche no dormí bien. Pensé: está loco. Pensé: es bipolar, él mismo lo ha dicho, toma pastillas, es eso y ya. Pero luego pensé en la voz que le dijo "No mames, César" frente al escusado, y en que esa voz yo también la había oído, a mi manera, la noche que tiré la botella al canal. ¿Esa voz sí era real y las sombras no? ¿Quién decide cuál es cuál?
IV. Las llaves
Las semanas siguientes fui al grupo con miedo de que hablara, y con miedo de que no hablara.
Una noche de lluvia, con media cochera vacía, se paró a la tribuna y contó lo de la Biblia.
Dijo que tiene un don, o un delirio, que todavía no sabe cuál de las dos. Que los textos le hablan. Que abre la Biblia al azar y lo que lee le contesta, como si alguien del otro lado estuviera escribiendo en tiempo real. Bibliomancia, le dijo un padre que conoció en un anexo. Que también le pasaba con los subtítulos de YouTube: las palabras cambiaban, se acomodaban para decirle cosas a él.
Y que una madrugada, después de días sin dormir, el diablo le habló por ahí.
—No se me apareció con cuernos ni nada —dijo—. Fue más elegante. Me ofreció las llaves del reino.
Las llaves del reino. Lo dijo así, con toda la calma del mundo, mientras afuera llovía sobre la lámina.
Que le ofreció ser Dios. Que todo lo que había visto, las pantallas, las coincidencias, las sombras, era porque él era especial, porque él era el centro de todo, y que nomás tenía que aceptarlo. Que las llaves eran suyas.
—¿Y qué le dijiste? —se le salió a un muchacho nuevo, rompiendo la regla de no interrumpir.
El Chino se quedó callado un ratito y sonrió.
—Le dije: "nombre, no… tal vez después del infinito".
Nadie se rió. Ni él.
Esa noche llegué a mi casa y busqué la Biblia de mi mamá, que tenía años en un cajón con recibos de luz. La abrí al azar. Me salió una genealogía del Antiguo Testamento: fulano engendró a mengano, mengano engendró a perengano. La abrí otra vez y me salió una ley sobre qué hacer con los bueyes que corneaban. La cerré.
A mí ni el diablo me habla, pensé. Y no supe si sentir alivio u ofensa.
V. La plegaria
La última vez que lo escuché hablar de eso fue el día que cumplió no sé cuántos meses, y le dieron su ficha y su pastel de tres leches.
Contó que hubo una noche, la peor de todas, en la que ya no le quedaba nada. Ni cuerpo, ni cabeza, ni ganas. Dijo una palabra rara: astheneia. Que es griego. Que la usa san Pablo cuando dice que el poder de Dios se perfecciona en la debilidad. Que no es tristeza ni cansancio, sino algo peor: cuando ya ni siquiera tienes fuerzas para estar mal. Cuando estás tan vacío que no te queda ni el orgullo.
—Y ahí, compañeros, como no tenía nada más, recé.
Dijo que no rezó bonito. Que no se sabía ninguna oración completa, porque había sido ateo muchos años, de los que se burlan. Que nomás habló. Que le pidió ayuda a un Dios en el que no estaba seguro de creer, desde el piso de un cuarto, con el cuerpo temblando.
Y que fue escuchado.
Ni a Jesús ni a un ángel: al Dios de los ejércitos, dijo, el viejo, el del Antiguo Testamento. Que sintió que le contestaba, y que la respuesta fue una oferta: destruir a sus enemigos. A todos los que lo habían perseguido, vigilado, burlado. Que nomás tenía que decir que sí.
—Y los perdoné —dijo el Chino—. No sé por qué. No me nació de bueno. Nomás ya estaba muy cansado de odiar.
Que desde esa noche ya no ha vuelto a ver su nombre en las pantallas. Que las sombras se fueron. Que sigue teniendo miedo, siempre, pero que el miedo ya no manda.
Le aplaudimos. Comimos pastel. Él se fue temprano porque tenía que entrar a trabajar a las seis de la mañana, a programar no sé qué cosa para no sé qué empresa de afuera.
VI. ¿Quién es el Chino?
Desde entonces no he dejado de pensar en eso.
No en si es verdad o mentira. Eso ya ni me importa. Lo que me carcome es otra cosa, más fea, y me da vergüenza hasta escribirla:
¿Por qué él?
¿Quién es el Chino, al final de cuentas? Un cricoso de Victoria. Un programador que vivió años en un anexo lavando la ropa de cien internos. Un bato que ha tenido más recaídas que yo cumpleaños. Un güey que se mete a Tinder a preguntarle a las morras qué música escuchan. No es papa, ni santo, ni presidente. No ha salvado a nadie, que yo sepa, más que a sí mismo, y eso apenas.
¿Por qué el diablo iba a perder su tiempo ofreciéndole las llaves de nada? ¿Por qué Dios, con todo lo que tiene que atender, con las guerras, los niños con hambre y los hospitales llenos, iba a bajar a contestarle a ese cabrón tirado en el piso de su cuarto? ¿Qué vieron en él?
Y luego viene la otra pregunta, la que de veras me quita el sueño: ¿y en mí qué ven?
Porque a mí nadie me ha ofrecido nada. Ni reinos, ni venganza, ni llaves. Yo me tomé la vida entera en caguamas y nadie, ni de arriba ni de abajo, se tomó la molestia de pelearse por mí. Yo recé una vez, la noche del canal, y no sé si alguien me escuchó o nomás me cansé de beber. No hubo voz. No hubo oferta. Nomás silencio y una cruda de tres días.
A lo mejor el Chino está loco y ya. A lo mejor la droga le dejó el cableado chueco y su cerebro le pone nombres a las cosas que no tienen. A lo mejor todos esos años de leer a Camus, la Cábala y quién sabe qué más le inventaron un universo donde él es importante, porque es más fácil vivir así que aceptar que uno no es nadie.
Pero entonces, ¿por qué don Ramiro asentía? ¿Por qué nadie se rió?
Le pregunté a mi padrino. Me dijo que no me comparara, que cada quien trae su historia, que me enfocara en mis veinticuatro horas. Le pregunté al Chino, una noche, a la salida, junto a la camioneta. Nomás se me quedó viendo, se acomodó los lentes y me dijo:
—Sigue viniendo, compa.
Y se fue.
No tengo respuesta. Llevo cuatro meses sin tomar y no tengo respuesta. Apago la luz y me quedo viendo el techo, esperando algo que no sé qué es, y que a lo mejor no quiero que llegue.
Bueno. Pues creo que hasta el diablo tiene sus favoritos.