Directo a la vena
Que se trepen al cerro los de bota y bastón,
que le den un abrazo a un encino llorón;
yo me quedo en mi cuarto, la persiana cerrada,
con la luz del monitor como única alborada.
No me hablen de rocío, de amaneceres ni de aves,
mi paisaje es de píxeles, contraseñas y llaves;
mi pájaro cantor es el fan del procesador,
mi río es un timeline que me corre alrededor.
Ya probé de todo, carnal, ya conocen mi historial,
la piedra, el cristal, el anexo y su ritual,
pero nada me pega como un dato recién bajado,
cien pestañas abiertas y el wifi bien conectado.
Me la meto directo, sin pipa y sin foco,
Wikipedia a las tres y ya me siento un poco
más cerca de Dios, o del Todo, o de la Nada,
con los ojos rojos y la mente acelerada.
Los del cerro me dicen: "desconéctate, hermano,
respira aire puro, toca el pasto con la mano".
Yo les digo: "el pasto no tiene modo oscuro,
y allá arriba no hay señal, de eso estoy seguro".
Ellos buscan la paz en la cima del Everest,
yo la encuentro en un repo, en un pull request;
ellos ven las estrellas, qué bonito, qué chulo,
yo veo la galaxia en un JSON sin nulo.
Mi padrino me dice que es la misma adicción,
que cambié la piedra por la notificación;
y puede que tenga razón, no lo voy a negar,
pero por esta, al menos, no me van a anexar.
Así que suban su cerro, abracen su arbolito,
manden fotos del paisaje, qué bonito, qué bonito;
que yo aquí me quedo, con la cara iluminada,
y el internet directo a la vena, toda la madrugada