Este escrito es una reflexión sobre mi transformación espiritual: de católico a agnóstico, de agnóstico a ateo, de ateo a nihilista y, finalmente, el largo camino de regreso hacia la espiritualidad y hacia una forma muy mía, muy ad hoc, del cristianismo. Agárrense, que va para largo.
El niño que no se preguntaba nada
Durante mi infancia no tenía ningún problema espiritual ni falta de fe, pero tampoco era algo que hubiera evaluado de verdad. Iba a misa porque se iba a misa, rezaba porque se rezaba e hice la primera comunión porque a esa edad se hace la primera comunión. Dios era como el aire: estaba ahí, no lo cuestionabas y no pensabas mucho en él.
Con el paso del tiempo descubrí que había personas ateas, y eso me llamó muchísimo la atención. Me acuerdo que pensaba: ¿a poco eso es una opción? ¿Se puede no creer en nada? Era como enterarte de que la escuela era opcional y que nadie te había avisado.
Internet, Wisdom Quotes y Nietzsche
Más adelante, por la secundaria, empecé a navegar en internet. Esto fue antes de Wikipedia y de todas las cosas estructuradas que existen ahora; era el internet salvaje, de páginas random con fondos negros y letras verdes. Me la pasaba en sitios de ateísmo y de ese tipo de temas. Recuerdo que me gustaba mucho una página que se llamaba Wisdom Quotes, y ahí empecé a leer citas de científicos y filósofos de toda la historia. Algunas hablaban del ateísmo, y a mí cada una me caía como una pequeña revelación.
Al mismo tiempo, en la escuela católica, la ciencia y la Biblia empezaron a chocar en mi cabeza. Una cosa me decían en clase de biología y otra en clase de religión, y yo no sabía cómo hacer que cuadraran. Spoiler: en ese momento decidí que no cuadraban.
Con el tiempo supe de la existencia de Nietzsche, y no pasó mucho para enterarme de que mi amigo Fernando tenía una copia de un libro que se llamaba El Anticristo. Ya con todo el ánimo y la curiosidad del mundo, se lo pedí prestado y lo leí completo.
Claro que no lo entendí, y para ser honesto, si lo leyera hoy tal vez tampoco le entendería muy bien. Pero siempre he hecho el intento de leer cosas avanzadas. Incluso una vez me imprimí el Manifiesto comunista, y ahí me tenías, como buen hipster, leyendo a Marx en el Starbucks. Excelente experiencia mamadora, la recomiendo 10/10.
Pero bueno, ya estaba enganchado con el ateísmo. En mi cabeza, ser ateo era un acto de rebeldía intelectual: ibas en contra de la norma establecida y te atrevías a negar algo tan poderoso como el concepto mismo de las deidades. Me sentía más listo que los demás. Me sentía libre.
El ateo feliz
Así viví muchos años, y la verdad, mi experiencia como ateo fue muy buena. Primero fui agnóstico, por aquello de no comprometerme, pero el agnosticismo se me hizo tibio y yo no quería ser tibio en nada. Así que me fui con todo. Incluso casi llegué a convertir a algunas personas con mis fervientes argumentos en contra de Dios. Era un evangelizador, nomás que al revés.
Y luego vino el nihilismo. Si no hay Dios, no hay sentido, y si no hay sentido, nada importa. Leía a Camus y a Sartre y me sentía muy profundo, aunque la verdad los entendía a medias. Llegué a pensar que yo no era más importante que una piedra. Y fíjense que eso, por un tiempo, se siente hasta cómodo: si nada importa, tampoco importa lo que haces, ni lo que te metes, ni a quién lastimas. El nihilismo es una excelente filosofía para un adicto. Te da permiso para todo.
—Pero ¿qué pasó, Chino? ¿Cómo pasaste a ser creyente? Explícate.
Bueno, la respuesta viene en forma de un acrónimo de tres letras: LSD.
El chico más Hofmann del mundo
Antes de ser cocodrilo graduado, yo era el chico más Hofmann del mundo. Me la pasaba comiendo ácidos. En mi apogeo psicodélico incluso llegué a darle una mordida a una planilla nomás porque podía y se me hacía fácil.
Consumí muchísimos ácidos en mi carrera como drogadicto, y también otros alucinógenos: hongos, peyote y DMT. La verdad, se siente bien extraño andar en esos estados mentales. Sientes que vislumbras una realidad que alcanzas a entender muy poquito, pero te queda la sensación de que casi, casi, tocas lo divino. Como cuando ves la orilla de algo enorme por una rendija.
Entonces me metí muchos ácidos y la mente empezó a cambiar. Con el tiempo empecé a estudiar cosas de la psicodelia, como la muerte del ego o los encuentros con entidades del astral. Fíjense en la ironía: el ateo militante leyendo sobre entidades del astral. Algo ya se estaba moviendo, aunque yo no lo quería admitir.
Los delirios mesiánicos
Si leíste Anexadísimo, hay un capítulo que se llama "The Ballad of Jim Jones" que habla de mi experiencia con lo que se conoce como delirios mesiánicos. ¿Qué es eso? Pues tienes la sensación de que Dios te habla. Y sí, lo sentí así. De hecho, lo he sentido muchas veces.
La primera vez fue en Brownsville, en las últimas semanas de mi estancia allá. Mi roomie, el difunto Ferruco, era dealer de ácidos y siempre teníamos unos 400 o 500 disponibles. Yo traía unos cuatro o cinco en la cartera, por si se ocupaban. Me estaba metiendo ácidos a diario y agarramos una onda holística oriental, de la India, y nos gustaba mucho ese lore. La verdad, fue muy divertido todo eso. Lo que no estuvo chido fue el bajón que le siguió, cuando los psiquiatras y el mundo real consideraron que creer que eres un elegido de Dios no es algo muy saludable y me dieron un putazo de medicamento psiquiátrico para bajarme de ese estado.
A eso le dicen pronoia, que es lo contrario de la paranoia: la sensación de que el universo entero conspira a tu favor. Muy divertido… hasta que se acaba.
Muchos años después tuve otra experiencia que me dejó pensando mucho, por algo que le dije a mi papá. Yo estaba en un brote psicótico, con la Biblia en la mano, en la cochera de mi casa, y mis papás trataban de contenerme porque andaba muy mal. En uno de esos momentos le dije a mi papá:
—Es que ponte en mi lugar. ¿A poco si a ti te hablara Dios no le harías caso?
Se quedó callado. Pero con la cara y con el cuerpo me dio una positiva. Él también le hubiera hecho caso.
Esos delirios mesiánicos han sido de lo más difícil para mí. Aun así, seguí sin fe por muchos años más. Así viví la vida. Pero hoy estoy convencido de que ese primer brote mesiánico, allá en Brownsville, fue la fundación de la fe que vivo actualmente. Dios no siempre entra por la puerta; a veces entra por la ventana, y a veces la ventana está rota.
La catequesis más larga del mundo
Voy a hacer fast forward a lo más relevante. Cuando me empezaron a anexar, tuve la gracia de recibir muchísimas clases de la palabra de Dios. Estoy seguro de que he estado en más catequesis que cualquier persona que conozcas. Estuve en ocho anexos, casi cinco años encerrado, ¿y saben qué te enseñan en los anexos? De Dios. Católicos, cristianos, Testigos de Jehová, carismáticos: por mi cuarto de valoración pasaron todas las denominaciones. Dios entró a la fuerza, como la patrulla espiritual.
La verdad, sé mucho de la Palabra, y por mucho tiempo se me hizo un desperdicio saber tanto de la Biblia sin creerle. Pero eso cambió. En Doble A te dicen que necesitas creer en un poder superior para poder resolver tu problema de adicción. Y como de verdad sí quería dejar de drogarme, bajé la guardia, y poco a poco empezó a florecer una pequeña llama de fe.
Con el tiempo, en los anexos, empecé a estudiar temas espirituales: el Kybalión, la Cábala, metafísica y la Biblia completa. Ahora tengo un buen acervo espiritual.
Yo no elegí este destino, y tal vez les moleste a algunas de las personas que me conocieron cuando era nihilista, pero le doy gracias a Dios porque me rescató. Yo no quería ser rescatado. Pero tuve experiencias sobrenaturales en las que por fin sentí a Dios, y ya no me queda ninguna reserva: soy un creyente completo.
Mi máxima
Tal vez tengo mi propia manera de ver las cosas, y sigo siendo de pensamiento científico. Pero no creo que haya un conflicto real entre la ciencia y la espiritualidad, y para que la lógica me cuadrara en la cabeza implementé una máxima. Es esta:
Existe lo natural. Y aunque no es posible saberlo, lo más seguro es que exista también lo sobrenatural, porque es inasible de una manera objetiva, pero no de una manera subjetiva.
No lo puedes medir en un laboratorio, pero sí lo puedes vivir. Y ¿qué creen? A mí Dios me ha hecho milagros. El solo hecho de que te esté escribiendo esto sobrio es un testimonio de que el milagro ya está hecho.
Si te interesa, te invito a leer el primer escrito de mi blog. Está muy atrás, se llama "La lucha" y está en inglés, porque también escribo en inglés. Si lo lees y ves en qué estado estaba entonces y cómo estoy hoy, te vas a dar cuenta de que ha sucedido un milagro. Ahí, por cierto, ya hablaba del gato de Schrödinger, de vivir en varias realidades a la vez, entre el caos y el orden. No sabía que estaba escribiendo el prólogo de este texto.
El colapso
Este escrito se llama "El colapso" porque quiero tomar prestado un concepto de la física cuántica: el colapso de la función de onda. Es el fenómeno que describe el momento en que las cosas dejan de ser una nube de probabilidades y se convierten en algo concreto. El gato deja de estar vivo y muerto a la vez, y queda nomás una de las dos.
Y precisamente de eso les estoy hablando. Del colapso del sistema. Del colapso del ateísmo y del nihilismo. Del colapso de mi antigua manera de vivir. Durante años fui una superposición: creyente y ateo, sobrio y drogado, cuerdo y loco, todo al mismo tiempo, sin terminar de ser ninguno. Hasta que algo, o Alguien, observó, y la función colapsó.
Dicen los físicos que para que una función de onda colapse tiene que haber un observador. No sé quién me estaba observando a mí, pero tengo mis sospechas.
No creo que haya una buena explicación para esto. La física tampoco la tiene: llevan cien años discutiendo qué es exactamente el colapso y todavía no se ponen de acuerdo. Y tal vez, en algunas cosas de la vida, es mejor verlas con el lente de lo sobrenatural que tratar de encontrarles una interpretación natural a fuerza.
Dios te bendiga.
Chino