Ya se quedaron locos

"La locura, para quien la habita, puede ser un refugio dulce o una tormenta perfecta; pero no hay infierno más grande que la lucidez rodeada de paredes blancas, cuando la mente ha vuelto y el mundo exterior ha decidido cerrar la puerta para siempre."

Existe un terror silencioso que no se compara con ningún mal viaje de LSD ni con la paranoia más densa del foco. Es un miedo que se mete entre las vértebras cuando la niebla química por fin se disipa: la posibilidad real de que tu propia familia, agotada por los ciclos interminables de internamientos y promesas rotas, decida firmar un papel y dejarte de por vida en una institución psiquiátrica o en un anexo.

En su momento me lo dijeron de frente: ya estaban cansados, y si no resolvía mi mierda, tenían los medios y la voluntad para dejarme encerrado de manera indefinida. Y la verdad, no los culpo por el agotamiento, pero el pensamiento me heló la sangre. Porque cualquiera que haya pisado ese inframundo sabe que durante el consumo uno habita un estado de locura transitoria; pero esa locura se termina, la marea baja y la realidad vuelve a golpear. Quedarte atrapado en un manicomio o en un anexo estando completamente cuerdo, rodeado de sombras que ya nunca van a regresar, es quizás el destino más trágico que le puede tocar a un adicto.

En mi carrera de anexado lo vi tres o cuatro veces. Rostros de personas cuya familia simplemente decidió no lidiar más con ellos, dejándolos en un limbo donde el tiempo no avanza.

Ahí conocí al "Pabaroti". Le decían así porque en sus tiempos mozos había sido estudiante de ópera, pero para cuando yo lo crucé, ya era un paciente psiquiátrico abandonado ahí para siempre, con la mente fracturada. Un día hicieron karaoke en el lugar y el Pabaroti pidió el micrófono. Quien ya no estaba en sí, de pronto entonó con una voz estremecedora Hipocresía de Los Pasteles Verdes. Fue una escena surrealista, triste y extraña: la belleza de su técnica vocal chocando contra el deterioro de su realidad.

En ese mismo lugar estaba el "Caballito", otro paciente que ya vivía en su propio universo y con frecuencia apenas podía articular palabra. La primera vez que llegué a ese último anexo, venía saliendo de un brote psicótico brutal. En mi cabeza, convencido por la paranoia, juraba que el anexo era la fachada de una secta oscura o algo ligado al crimen organizado, y en mi locura estaba cien por ciento seguro de que el Caballito era el kingpin, el líder supremo que movía todos los hilos en las sombras. Después, cuando bajó el brote y recuperé el juicio, me di cuenta de la paradoja: el supuesto capo no podía ni sostener una conversación.

Ver al Pabaroti y al Caballito me dejó una lección que no se olvida fácil: yo pude haber sido cualquiera de ellos. La distancia entre estar de este lado o quedarse del otro lado del espejo es absurdamente corta. Aunque para la gente de afuera esto parezca una historia de ficción o una exageración, es la realidad más cruda y transparente que existe.

Al final, no me queda más que citar lo que dice la Underside 821, porque no hay mejor forma de resumirlo:

"En esta vida todo cambia poco a poco, yo conozco varios batos que ya se quedaron locos. No soy perfecto pero también me equivoco, ¿y quién soy yo para juzgar si también he fumado foco?"

Siguiente
Siguiente

Ultra Hip Hop