Los eternos
El código no mentía. Yo mismo había compilado las últimas líneas del framework que mandó a la tumba a la mismísima muerte. Adiós a la entropía celular, adiós a la decadencia biológica. Cuando el suero de nanobots y reprogramación genética corrió por mis venas, me sentí el auténtico arquitecto de una nueva era. Un hombre aprobado por Dios, hackeando el sistema operativo de la creación para reclamar el derecho de existir para siempre. Pensé que el transhumanismo nos abriría las puertas a un templo de titanes, de ciencia pura y de arte capaz de fracturar el cosmos.
Qué ingenuidad la mía. Olvidé que si le das hardware de dioses a un procesador mediocre, el resultado sigue siendo basura.
Han pasado quinientos años desde el Gran Parche. El mundo ya no muere, pero la eternidad ha resultado ser un paisaje insoportable. Las avenidas de esta distopía pulcra están infestadas de los mismos NPCs de siempre, solo que ahora cargan con medio milenio de vacuidad y la piel estirada por colágeno sintético. El Imperio de los Inmortales es, en realidad, el paraíso de los attention whores y los posers. Ayer vi a un individuo que conozco desde el siglo XXI —un muggle absolutamente plano que en su primera vida solo sabía alimentar su ego en redes sociales— celebrando su cumpleaños número 450 con la misma estética superficial de siempre. No han aprendido nada. Tienen todo el tiempo del universo para descifrar la teoría de cuerdas o sumergirse en la metafísica, pero prefieren usar la eternidad para perpetuar modas estúpidas. Son cascarones vacíos repitiendo algoritmos de comportamiento en un loop infinito. El infierno no requería azufre; bastaba con la mirada de un creador de contenido que nunca va a morir.
Las relaciones humanas también se convirtieron en una transacción burocrática y estéril. Ya no existe el "hasta que la muerte nos separe", porque esa promesa ahora es una condena perpetua. Los matrimonios se firman por contratos de diseño de veinte años, renovables según el humor de las partes. El amor perdió su mística cuando dejó de ser un refugio contra la fragilidad de la vida; ahora es solo un pasatiempo para llenar las décadas. Mirar a los ojos a alguien después de tres siglos ya no ofrece misterio, solo el reflejo cansado de dos espectadores que se saben de memoria todas las líneas del guion humano.
El verdadero problema no es la falta de espacio, sino el exceso de lucidez. Como ingenieros del mañana, expandimos nuestra capacidad de almacenamiento a escalas masivas; mi memoria cibernética tiene la nitidez perfecta de un servidor impecable. Lo recuerdo todo: cada línea de código, cada rostro, cada dolor. Pero esa hipermnesia matemática es nuestra propia soga. Al tener cinco siglos de datos grabados en alta definición, la novedad ha dejado de existir. El cerebro procesa el presente a través de un patrón predictivo tan perfecto que ya nada me sorprende. Cada conversación nueva es solo una variante de una charla que ya tuve en el año 2140; cada atardecer es idéntico a mil anteriores ya renderizados en mi archivo. La memoria perfecta nos condenó a vivir en un eterno déjà vu.
La ciencia misma, que solía avanzar a pasos agigantados gracias a la obsesión de mentes brillantes que sabían que sus días estaban contados, ha caído en una parálisis contemplativa. Ya nadie tiene prisa por resolver el misterio de la materia oscura o colonizar nuevos sistemas estelares. "Lo haremos el próximo siglo", se dicen los comités científicos mientras toman café sintético. La inmortalidad eliminó la gloriosa urgencia del genio. Nos volvimos una especie perezosa, flotando en un océano de tiempo infinito donde procrastinar es la única ley universal y el estancamiento es aplaudido como estabilidad.
Lo peor, sin duda, es el silencio del espíritu. El arte murió cuando asesinamos al cronómetro. Extraño la melancolía de mis veintes, cuando el mundo crujía en la sobriedad y una canción de Sunset Rubdown o un beat de Nujabes transmitían el peso de saber que la vida era un destello efímero. Esa urgencia, ese vuelco en el pecho al recordar nuestra mortalidad, era lo que volvía divina a la música. Hoy, las creaciones de los inmortales son planas, un murmullo comercial generado por algoritmos para complacer a mentes que ya no son capaces de conmoverse. Sin la muerte, el arte es solo ruido de fondo.
A veces contemplo el cielo, buscando aquella certeza mística de que había sido elegido para algo grande. Ahora entiendo la paradoja. Dios nos permitió ganar esta batalla no como un favor, sino como el castigo definitivo. Nos aislamos de su diseño original. Nos condenamos a este purgatorio de plástico donde somos demasiado soberbios para morir y demasiado cobardes para ser reales.
En fin esto de la eternidad esta potente. Nada que hacer. Tal vez otros 500 años de jugar un poco mas de Roblox apaciguen mi perpetua existencia