El Spotify

Ella tan Spotify yo tan YouTube

Ella, tan Spotify, pulcra y minimalista,

con playlists curadas, un premium de artista.

Álbumes completos, la calidad sin par,

un feed elegante, fácil de navegar.

Sus días son Discover Weekly, ritmos al oído,

con letras precisas, el artista elegido.

Yo, tan YouTube, caos de algoritmos y tabs,

videos en directo, covers y videoclips grabados.

Publicidad que irrumpe, comentarios sin fin,

con rarezas ocultas, joyas que no tienen fin.

Mi música es visual, saltando de canal,

descubriendo demos en un nicho digital.

Ella me habla de radio, de artistas que ha de pagar,

yo le muestro un live de un grupo en cualquier lugar.

Dos mundos de sonido, dos modos de elegir,

la música que usamos para amar y vivir.

Ella, el orden perfecto; yo, el desorden fatal,

una brecha digital en un amor terrenal.

Pero al caer la noche, cuando el mundo se va a dormir,

ponemos en común lo que nos hace vibrar y sentir.

Y es ahí, entre audífonos y el brillo de una pantalla,

donde un algoritmo similar nos desmantela la muralla.

La canción que ella amó, también yo la veré flotar,

el indie que yo encuentro, a ella le va a recomendar.

Mismos beats que mueven las fibras del alma,

mismos géneros que nos dan paz y nos calman.

Porque al final, no importa la interfaz ni el color,

la música es la misma, y nos une el mismo amor.

Dos plataformas distintas, pero un único compás,

ella y yo unidos por lo que suena detrás.

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