Agua maldita, agua bendita

Tres días. 72 horas de uptime continuo sin reinicio. Mi sistema operativo cerebral ya estaba tirando aceite por todos lados, pero yo seguía ahí, aferrado a la cuchara y al encendedor.

El ritual de cocinar piedra tiene algo de alquimia oscura. Eres un chef del desastre, transmutando polvo y bicarbonato en rocas que te prometen el cielo y te dejan en el subsuelo. Llevaba tres días encerrado en mi departamento, en un loop infinito de fumar, sentir el rush, paniquearme y volver a empezar. Pero esta vez, el glitch en la matrix fue diferente. No eran los policías, ni los vecinos, ni los hombres sombra habituales.

Esta vez, el enemigo era el agua.

No sé en qué momento exacto se instaló el virus en mi mente, pero de pronto tuve la certeza absoluta, matemática y axiomática de que el agua estaba envenenada. Toda. Miraba el garrafón en la cocina y lo veía brillar con una malicia química. "¿Quién entró aquí?", pensaba. "Seguro inyectaron cianuro con una jeringa hipodérmica a través del plástico". La paranoia tiene una lógica impecable cuando estás en el nivel Omega de la intoxicación.

La sed empezó como una molestia de fondo, un warning en la consola que ignoras. Pero conforme pasaban las horas y seguía fumando, la deshidratación se volvió un grito. Mi boca era un desierto, la lengua se me pegaba al paladar como lija. Sentía los riñones palpitando, pidiendo auxilio. Mi cuerpo era un motor corriendo sin aceite, a punto de desbielarse.

Pero no podía salir. Salir era la muerte. Y beber del garrafón también era la muerte. Estaba en un deadlock.

Empecé a dar vueltas por el departamento como un animal enjaulado, con el corazón a mil por hora por la coca y la falta de líquidos. Entré al baño. Me quedé mirando el escusado. Y ahí, en medio de mi delirio, surgió el dilema teológico más estúpido y desesperado de mi vida.

Levanté la tapa. El agua del fondo se veía tranquila, cristalina. Mi cerebro, hackeado por la paranoia, formuló una hipótesis: "Si 'ellos' envenenaron el garrafón y las tuberías principales... ¿se habrían molestado en envenenar el agua estancada de la taza?".

Me arrodillé frente al inodoro. Me sentí como un peregrino ante un altar profano. ¿Era esa mi salvación? ¿Agua bendita en un cáliz de porcelana sucia? Estuve a centímetros. Podía oler los químicos de la limpieza mezclados con la humedad. La sed era tan brutal que mi dignidad estaba a punto de colapsar. Era beber de ahí o morir seco.

Pero entonces, algo del viejo César, el que tiene un poco de decencia o quizás solo orgullo.

"No mames, César. No vas a tomar agua del cagadero".

Me levanté, temblando. Fui al lavabo. Abrí la llave. El sonido del agua corriendo fue ensordecedor en el silencio de mi psicosis. Miré el chorro. Agua maldita, pensé. Si la bebo y muero, al menos moriré de pie y no arrodillado frente a la mierda.

Fue un salto de fe. Cerré los ojos y metí la boca bajo el chorro.

Esperaba el sabor del arsénico, el amargor del final. Pero solo sentí frescura. El agua bajó por mi garganta como un bálsamo divino, reactivando mis circuitos, enfriando el procesador. Bebí hasta que me dolió el estómago. Bebí como si quisiera ahogar al demonio que llevaba tres días alimentando.

No morí. No había veneno. Solo era mi mente jugándome una broma pesada, un bug masivo provocado por el exceso.

Me arrastré hasta la cama. El cuerpo finalmente se rindió. El shutdown fue inmediato. Cuando desperté, horas después, el garrafón seguía ahí, inocente. El miedo se había ido, dejando solo la resaca y la vergüenza de haber considerado, aunque fuera por un segundo, que la salvación estaba en el fondo de un inodoro.

Agua es agua. Y la vida, a veces, es solo cuestión de elegir qué veneno estás dispuesto a tragar.

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